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Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional
Número 9 (Julio 2021)

La Justicia en la Mitología Griega

Por Juan Manuel Matera

Socio adherente de la AMFJN.

 

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“En cuanto la poesía del mito es interpretada como biografía, historia o ciencia, muere.”

Joseph Campbell

 

I.- Introducción.

El presente artículo busca describir cómo la mitología griega receptó el concepto de justicia en su vasta y coherentemente elaborada cosmogonía. Mediante la tradición oral, la poesía épica o la prosa, la justicia, como valor o personificación divinizada, tuvo un especial lugar dentro del panteón mítico. A su vez, su representación en esculturas, murales, edificios y demás obras artísticas la ubican en un trascendente lugar en el sistema de creencias religiosas, culturales y sociales del mundo clásico.

De un modo metafórico y poético, la narración mítica nos brinda, con una cuota seductora de misterio, indicios sobre los valores de tiempos lejanos, y nos permite entender las razones de las conductas y rituales de nuestros ancestros.

La mitología griega, comparada con otros sistemas de creencias de la antigüedad, sobrevive intacta, y ello no se debe a razones políticas ni, claro está, religiosas, sino culturales. La narración mítica no solo validó la vida cotidiana de la sociedad que la creó y difundió, sino que irradió su imaginación; y su producto, en la filosofía, la literatura y todas las ramas del arte, sigue teniendo impacto en nuestros días.

La Justicia, ya sea mediante su representación antropomórfica o bien como fuerza primigenia y superior a toda divinidad olímpica, así como los tribunales creados para impartirla, encuentran en los relatos míticos una explicación a su origen, sentido y trascendencia.

En las siguientes páginas compartiremos algunos de estos relatos, metáforas y alegorías.

 

II.- Temis.

De acuerdo a la Teogonía de Hesíodo[1], una de las más antiguas versiones del origen del cosmos y del linaje de los dioses de la mitología griega, previo a toda existencia se hallaba Caos[2], inconcebible y carente de toda forma y lógica. Del seno mismo de Caos surgió Gea, la madre tierra, quien a su vez dio vida a Urano, el cielo. Allí, en ese punto primigenio, clave de toda existencia, la tierra y el cielo dan vida a las primeras divinidades, previas a la dinastía olímpica, los Titanes.

Los Titanes eran doce -seis titanes y seis titánides-, como posteriormente serían los olímpicos, y estaban relacionados con diversos conceptos primordiales, elementos y astros como el sol, la luna, la memoria y la ley natural.

Una de las titánides era Temis, encarnación del orden divino, las leyes y las costumbres. Entre las divinidades de esta primera generación, Temis es una de las pocas que ha sido asociada a los olímpicos por los servicios que había prestado inventando los oráculos, los ritos y las leyes. De hecho, la iconografía solía situarla sentada a la derecha de Zeus, rey del Olimpo.

Esta deidad representaba la justicia y la equidad. De hecho, su nombre proviene del griego Θέμις, que significa “ley de la naturaleza”. Suele representarse con la balanza[3] y la espada, y en la mayoría de las ocasiones con los ojos vendados.

Si bien la esposa real de Zeus era Hera -quien es conocida en la poesía clásica y literatura por sus celos y su persecución a las y los amantes de su marido-, el rey del Olimpo tuvo descendencia con varias deidades y mortales, y entre ellas encontramos a la representación misma de la Justicia.

Así, Temis y Zeus engendraron a las Horas: Eunomia, Dice e Irene.

Los conjuntos de diosas son una constante en la mitología griega, por lo general en grupos de tres o sus múltiplos -Cárites, Moiras, Musas, etc.-. Estas divinidades sueles ser citadas en los textos clásicos en conjunto, aunque cada una de ellas tenga su propio nombre -a veces varios-. Esto suele generar en la interpretación de los textos una despersonalización de las divinidades que integran una tríada, incentivada en la interdependencia que suelen tener sus funciones y simbología. Dentro de esta despersonalización, Las Horas son, quizá, entre las diosas que componían grupos, de las que tienen mayor individualización y atributos concretos claramente definidos.

Este grupo de deidades tenía una doble acepción, una de orden agrario y la otra cívico. Por un lado, regían los ritmos agrarios, función que estaba ligada directamente a la actividad productiva de la civilización griega; por otra parte, como divinidades políticas buscaban el equilibrio y el orden social. Se identificaban con las estaciones y, por tanto, con el ciclo anual que regía tanto el calendario agrícola como el político.

 

III.- Eunomia.

Eunomia es la representación misma de la ley en general y el buen orden. Etimológicamente, su nombre proviene del griego Εὐνομία, “buena ley”. También se la asociaba con la estabilidad interna de un estado y el mantenimiento del orden público. De hecho, un himno homérico afirma que “abundante fortuna y riqueza acompañan” a la ciudad gobernada por Eunomia[4]. Píndaro incluye a “la entrañable Eunomia” entre los dones que regala el dios Apolo -deidad identificada con lo armónico y las artes- a los hombres, junto con los remedios para las enfermedades y los oráculos[5].

Su opuesto era Disnomia, hija de Eris (la discordia)[6], demonio que encarnaba la anarquía y el desorden. La elegía[7] Eunomia de Solón (alrededor de 600 a.C.) expone el pensamiento político del poeta acerca del gobierno de la ciudad de Atenas.

De la lectura de esta elegía emergen como figuras opuestas Eunomia y Disnomia, personificaciones de aquellas cualidades que la polis debe adoptar o rechazar[8]. Tiempo después, Platón y Aristóteles expondrán en sus escritos políticos cuestiones relacionadas con la dicotomía “buen y mal gobierno”.

Eunomia no solo era asociada con el orden, sino también con la medición. Es por ello que se la vinculaba con los pastos verdes y la división de la tierra para el cultivo.

 

IV.- Dice.

Por su parte, Dice, Dicea o Diké era la personificación de la Justicia, que de hecho es la traducción de su nombre en griego antiguo, Δίκη Díkê. Mientras su madre representaba la justicia divina, Dice era la encargada de aplicarla en el mundo de los mortales. Según Hesíodo, Dice vigilaba los actos de los hombres y se acercaba al trono de su padre Zeus cada vez que un juez faltaba a su deber de impartir justicia.

En palabras del poeta, “…Existe también una doncella, Justicia, hija de Zeus, gloriosa y augusta para los dioses que el Olimpo habitan. Y siempre que alguien la ofende empleando torcidos agravios, al punto acude a sentarse a la vera de Zeus, su padre, el Cronión, y denuncia el intento de hombres injustos. El pueblo termina pagando las locuras de los reyes que, urdiendo aflicciones, por senderos descarriados desvían sus sentencias, alegando tortuosas razones. Precaviendo estas cosas, enderezad vuestros juicios, ¡oh reyes tragones de obsequios!, y olvidaos totalmente de torcidas sentencias. El hombre que prepara males a otro, se los prepara a sí mismo; la intención funesta es, para quien la concibió, funestísima. Pues todo lo ve el ojo de Zeus, y todo lo sabe; también hasta aquí, sin duda, alcanza su mirada, si quiere, y no se le oculta qué clase de justicia es esta que la ciudad en su interior guarda…”[9].

Sófocles, en Edipo en Colono, la llama “consejera de Zeus”. La saga trágica de Edipo, ya casi en su fin, nos ofrece una oda a la Justicia en boca de su desafortunado protagonista: “…Por eso las injurias que he imprecado van a vencer a tu súplica y a tus tronos, si es que Justicia, venida de antiguo a la luz, es consejera de Zeus en las prístinas leyes”[10].-

Dice era una deidad que combatía toda falsedad, y se le imploraba cuando se buscaba una sabia administración de justicia.

Uno de los himnos órficos, compilación de poemas anónimos dedicados a las divinidades de la Hélade y, se cree, fruto del culto a Orfeo y a rituales secretos como los misterios de Eleusis, está dedicado a Diké, representación de la justicia humana dimanante de las leyes divinas.

Canto los penetrantes y radiosos ojos de la Justicia

sentada en el trono sagrado del soberano Zeus.

Desde allí ella percibe, con vista ilimitada,

la vida y la conducta de la raza humana.

A ti corresponden la venganza y las penas,

castigando cada acción injusta y errónea.

Tú sola reúnes tan opuestos poderes aparentes,

que tu equidad y tu razón concilian[11].

Los himnos órficos son versos antiquísimos que nacieron en dialecto grecofrigio, que era el consagrado a la palabra sagrada. Constituyen la exégesis del mito a la luz de lo que podemos considerar la primitiva religión griega.

En lo que hace a su iconografía, Dice era usualmente representada con una espada, símbolo de castigo a toda injusticia, arma creada para ella por Átropo, la más mortífera de las Moiras, divinidades que controlaban la finiquitad de la vida[12].

Con esta función se identificaba también a las Euménides, o Furias, que hallamos en La Orestíada de Esquilo. Sobre ellas volveremos en próximas páginas. Sin embargo, en el caso de Dice, su función se extendía también a recompensar la virtud. Así el padre del teatro nos la muestra en el primer capítulo de la trilogía, Agamenón:

Brilla, empero, Justicia

incluso en las cabañas negras de humo,

y enaltece al mortal que es piadoso.

Abandona la estancia

adornada con oro por unas sucias manos

dirigiendo sus ojos a otra parte,

mirando lo que es puro[13].

En el mismo juego de opuestos que con Eunomia y Disnomia, Dice confronta a Adicia, la injusticia. Usualmente se representaba a Adicia siendo tirada y golpeada con una vara por Dice.

Existe un relato del poeta Arato[14] que vincula a Dice con la constelación Virgo. Allí se nos cuenta que en la edad de oro, tiempo inmemorial donde no existía el odio, las guerras ni las enfermedades, los mortales recibían de Gea, la madre tierra, todos sus frutos sin el menor esfuerzo. Con el tiempo se volvieron codiciosos y Dice, indignada, proclamó:

 Contemplad cuál raza los padres de la edad de oro dejan tras de sí!

¡Pero vosotros criaréis una descendencia más vil!

De cierto guerras y derramamientos de sangre crueles serán para los hombres y grave aflicción se establecerá sobre ellos[15]

Ante el estado de decadencia en que había caído la humanidad, Dice decidió recluirse en las montañas, pero, al llegar la llamada edad de bronce, y percibir que la degradación y violencia era cada vez más atroz, optó por abandonar definitivamente la tierra y volar hacia las estrellas, donde conformó la constelación llamada Virgo. Además de la espada y la vara ya mencionadas, llevaba siempre consigo una balanza, la que se convirtió en la cercana constelación Libra.

Dada la importancia de esta deidad en el imaginario social de la antigua Grecia, no es de extrañar que el sistema legal ateniense denominara dikē al proceso tradicional entre privados.

Cabe agregar que las fuentes clásicas romanas se refieren a Dice como Astrea. Sabido es que Roma toma la religión de la conquistaba Grecia y la adapta a la idiosincrasia y costumbres propias de sus habitantes. En palabras del poeta Horacio, la Grecia conquistada conquistó al bárbaro conquistador e introdujo las artes en el lacio agreste.

 

V.- Némesis y las Erinias.

En la cosmogonía mítica ancestral encontramos también a Némesis, encarnación de un concepto arcaico de justicia retributiva, la venganza. Divinidad primigenia, propia de una etapa histórica previa a la institucionalización del servicio de justicia provista por ciudadanos con facultades delegadas por la comunidad, Némesis representa la aplicación automática de la pena-venganza por la víctima o sus familiares.

El himno órfico 61 le otorga un lugar primordial en la vida de todo mortal, al rezar:

A ti te suplico, Némesis, altísima soberana,

que los acontecimientos de la vida humana contemplas

eterna, reverenciadísima, de visión ilimitada,

única complaciente en lo justo y razonable…

…Todos los mortales conocen tu hegemonía

y bajo tus trabas justiciera se debaten.

Todo pensamiento que la mente concibe

a tu vista perspicaz se revela.

La necesidad de seguridad y la preservación de la vida e integridad en tiempos ancestrales, donde primaba la ley del más fuerte, tiene un claro reflejo en el primerísimo lugar que se otorga a Némesis.

Según la Teogonía de Hesíodo, era hija de la Noche, lo cual la ubica en un momento fundacional de la creación del planeta, y la muestra como uno de los motores de la vida humana. Así, Hesíodo retrata a Némesis como una divinidad primordial, previa a la existencia misma de los dioses y ajena a sus designios.

La venganza estaba también representada por otras fuerzas primitivas anteriores a los dioses olímpicos: las Erinias, Furias o Euménides -este último, eufemismo que se utilizaba para evitar convocarlas-, que perseguían a quienes cometían ciertos crímenes y los atormentaban por el resto de su existencia. Según la Teogonía, surgieron de la sangre derramada por Urano cuando su hijo Cronos lo castró y tomó el poder del universo[16]. Se trata de esas mortíferas deidades que atormentaron a Orestes cuando asesinó a su madre Clitemnestra, tal como narra Esquilo en La Orestíada.

El himno órfico 69 se atreve a convocarlas con las siguientes palabras:

emerjan de vuestro antro profundo envueltas en la noche,

cerca de allí donde fluye la Estigia[17]  a los ojos vedada;

que enjuician cada noche a los impíos mortales,

agentes del Destino que con fiereza castigan solícitas

infligiendo las tremendas, merecidas penas que acostumbran.

Las Erinias solían ser comparadas con otras tríadas de hermanas oscuras y demoníacas como las Gorgonas, las Grayas o las Arpías, debido a su espantosa apariencia y a la independencia que tenían de otras deidades olímpicas. Atormentaban a quien hiciera el mal, persiguiéndolo incansablemente hasta volverle loco. De esa manera las describe el himno órfico 70;

…castigan a las gentes

de natural perverso, con furor severo.

Soberanas de oscuro color, de vivos y fulgurantes ojos

que con su espantoso brillo la vida aniquilan.

Conductoras eternas, fuertes y poderosas,

que emplean en venganza tremendas torturas,

fatídicas, horrendas a los ojos humanos,

de trenzas enlazadas como serpientes, vagabundas de la noche…

Sus nombres eran Alecto, Megera y Tisífone. La primera castigaba los delitos contra la moral, la segunda la infidelidad y la última los crímenes de sangre.

Podría afirmarse que el afianzamiento del culto a Dice o Diké implicaba un paso evolutivo cultural y cívico vinculado a la evolución del sistema jurídico de la civilización griega. El culto a las Euménides era el reflejo mismo de una visión arcaica de la venganza retributiva, concepción limitada del concepto Justicia.

 

VI.- Irene.

La tercera de las Horas era Irene, o Eirene, del griego antiguo Ἐιρήνη, que literalmente significa “aquella que trae la paz”.

Irene no solo simboliza la paz, sino también la prosperidad, por lo que suele ser representada llevando una cornucopia o cuerno de la abundancia. A su vez, su iconografía la suele mostrar cargando a su hijo Pluto, personificación de la riqueza[18]. El culto a Eirene también estaba asociado con la fecundidad y la fertilidad, ya que las bodas y la procreación estaban ligadas a la paz.

Paz y abundancia eran conceptos que se identificaban para una civilización que vivió largas guerras tanto en la era arcaica como en la clásica. La ansiada vida pacífica aseguraba el correcto funcionamiento de la agricultura y el comercio.

En Atenas, la estatua y el altar de Eirene se hallaban en el ágora, es decir, en el centro político de la ciudad. Según Pausanias, había una estatua -la ya mencionada imagen sosteniendo a Pluto- en el área de la Tolo, corazón del centro cívico, donde se hacían los correspondientes sacrificios a las deidades que custodiaban la integridad y gloria de la ciudad[19].

La utilización de epítetos es muy común en la literatura clásica, y aquellos con los que suele identificarse a Irene son “florenciente”, “amiga de la viña”, “dispensadora de uva”, “dispensadora de prosperidad y riqueza”, entre otros.

Por su parte, en Paz, Aristófanes pone en boca del coro la siguiente oda a Irene:

¡Salud, salud! ¡Cómo nos alegramos, queridísima, de que hayas

llegado!

Estaba subyugado por tu deseo,

y quería con locura

regresar al campo.

Eras tú, añorada, nuestra mayor ganancia,

para todos cuantos llevábamos

una vida campesina.

Porque eras la única en ayudarnos.

Porque muchas cosas nos pasaban

antes, en tu época, cosas dulces,

sin costo alguno y queridas.

Porque eras para los campesinos cebada verde y la salvación[20].

En una sociedad principalmente agrícola, la concepción de la paz -y de la deidad que la personificaba- estaba esencialmente ligada a la abundancia y prosperidad comercial.   

La palabra Eirene era también utilizada para referirse al tratado de paz que acababa una guerra. Sin embargo, esta acepción de la palabra es tardía (alrededor del siglo IV a.C.) y en el mismo sentido también se utilizaban otras como tratado (syntheke) o tregua (sponde).

La paz cierra entonces la simbología triádica que representan las Horas, tanto en su acepción político-normativa como en la estacional de la naturaleza.

 

III.- Conclusión.

El mito, como instrumento narrativo que refleja creencias y valores de una civilización en una época determinada, nos brinda una invaluable fuente para entender la consideración que los antiguos griegos tenían sobre la Justicia y sus derivaciones.

Es interesante observar cómo, en la cosmogonía ancestral, la Justicia representa un motor fundamental, una fuerza anodina que es anterior a la existencia misma de los dioses.

Temis, titánide previa a la dinastía olímpica, representa la encarnación misma del orden divino. A su vez, en el mundo de los mortales regían las Horas: Eunomia, el buen gobierno o la buena ley; Dike, la Justicia, fundamental para la existencia de una vida ordenada y civilizada, en la que los ciudadanos dirimían sus conflictos mediante métodos pacíficos y regulados; e Irene, consecuencia lógica de la justicia y el buen gobierno, al tiempo que posibilitaba la existencia de ambos.

O sea, un conjunto de deidades interdependientes. No hay paz sin justicia y buen gobierno, no hay buen gobierno sin paz y sin justicia, no hay justicia sin paz y buen gobierno [21]. En definitiva, sin alguna de ellas, la sociedad no puede florecer.

Y todo, como siempre, nos llega de la voz del poeta porque, en palabras de Platón, son, cerca de nosotros, los intérpretes de los dioses.

[1] Obra construida a partir de géneros poéticos preexistentes que hasta el momento habían pertenecido a la tradición oral en Grecia: cosmogonías, teogonías, genealogías, catálogos y mitos de sucesión; se discute si debe fecharse en el siglo VII o VIII a.C.

 

[2] Aquello que existe antes que el resto de los dioses y fuerzas elementales, es decir, el estado primigenio del cosmos. El término procede del griego antiguo Χάος, ‘espacio que se abre’. En el siglo V a. C. se lo identificó con el aire, el espacio o el vacío en el que se encuadra el resto de la existencia. Solo más tarde adquirió el sentido de «confusión elemental» con Ovidio (Metamorfosis I, 7: «rudis indigestaque moles»).

 

[3]La balanza como símbolo tiene origen caldeo. Representa a la justicia, a la equivalencia y ecuación entre el castigo y la culpa. En los emblemas, marcas y alegorías, aparece con frecuencia en el interior de un círculo rematado por una flor de lis, estrella, cruz o paloma.

 

[4] Himno Homérico XXX, 15.

[5] Píndaro, Olímpica IX.

 

[6] Según Hesíodo, hija de la Noche (Teogonía 226-232). En La Ilíada, Homero la presenta como la hermana y compañera del dios de la guerra, Ares, y quien plantó el germen de la discordia que acabaría desatando la guerra de Troya (La Ilíada, XI.1),

 

[7] Composición poética del género lírico, en que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o acontecimiento digno de ser llorado, y la cual en español se escribe generalmente en tercetos o en verso libre. Entre los griegos y latinos, se componía de hexámetros y pentámetros, y admitía también asuntos placenteros. RAE

 

[8] Barranco, M.I., Solón, Eunomia: Un programa de gobierno; Biblioteca digital UCA. Stylos, 20 (2011).

 

[9] Hesíodo, Teogonía, 80 y ss.

 

[10] Sófocles, Edipo en Colono, 1380

[11] Himnos Orficos, 62.

 

[12] Las Moiras eran tres hermanas que controlaban el tiempo de vida de todos los mortales. Cloto tejía el hilo de la vida; Láquesis lo medía con su regla; Átropo, la más mortífera de las tres, cortaba en un momento el hilo con sus tijeras. Robert Graves, Los Mitos Griegos, T° I, The Folio Society, 1966, pág. 53.

 

[13] Esquilo, Agamenón, 775.

 

[14] Nacido en Solos, actual Anatolia, vivió entre los años 310 a.C. a 240 a.C. Su poema más reconocido es Fenómenos, del cual se extrae la historia en la que hace referencia a Dice.

 

[15] Fenómenos, 123.

[16] En la mitología griega, como en varias precedentes de las que toma sus fuentes y posteriores a las que influyó, encontramos relatos en que hijos toman -muchas veces por la fuerza- el poder de sus padres, símbolo de cambios generacionales y dinásticos. Cronos castró a su padre Urano y tomó el poder junto a sus hermanos, los Titanes. Zeus, a su vez, destronó a Cronos y creó junto a sus hermanos la dinastía olímpica.

 

[17] Laguna inmensa que separaba la tierra de los reinos del Hades y que atravesaban las almas de los muertos en la barca de Caronte.

 

[18] De allí proviene el término “plutocracia”, Situación en la que los ricos ejercen su 

preponderancia en el gobierno del Estado. RAE

 

[19] Pausanias, Descripción de Grecia, i.8.2, y ix.16.1

 

[20] Aristófanes, Paz, 580-600.

 

[21] Mirón Perez, M. D., Divinidad, Género y Paz en Grecia Antigua, en Dialogues d´histoire ancienne, 2004, 9-31. Martinez Lopez, C., “Las mujeres y la paz en la historia. Aportes desde el mundo antiguo en Muñoz, F. A.; Lopez Martinez M., Historia de la Paz. Granada 2000, pp. 255-290.